Los seres humanos somos el resultado de una interacción biológica, psicológica, social y cultural y desde la concepción y hasta la muerte, son producto de esa interacción.  La familia, como núcleo social primario relacional del ser humano es el lugar donde se adquieren los valores, conductas y pautas culturales que determinaran los roles de cada uno de sus miembros. Su rol está estrechamente vinculado a su construcción social particular y a las pautas intergeneracionales que prevalecen en ella y que definirán su modelo de crianza.

La personalidad de los niños fruto de la herencia genética y la interacción con su medio ambiente o entorno familiar, y la forma en cómo reacciona a su entorno social estará determinada por el temperamento como respuesta emocional de los patrones aprendidos, y en la definición de su carácter, cómo hábitos y patrones de conductas que van adquiriéndose durante el proceso evolutivo del niño en las distintas etapas del ciclo vital familiar.

Asumiendo entonces, que la personalidad, temperamento y carácter son el resultado de la funcionalidad, estructura y dinámica de la familia en la socialización de normas, valores y costumbres, y en su capacidad de afrontar las crisis psicosociales que surgen en su ciclo vital. La manera en que la familia las afronta moldeará la personalidad del niño.

Una familia funcional y activa en el ejercicio de sus funciones de protección, educación y socialización se enfocará en el cuidado, afectividad y estímulo positivo que permitirá que los niños desarrollen un apego sano, fruto del esfuerzo de los padres o figuras significativas para el niño, en la respuesta oportuna a sus necesidades físicas y emocionales.

Cuando el niño recibe una buena atención se convierte en un ser humano confiado y seguro, con identidad propia y capacidad de afrontamiento. Al crecer, este niño podrá sostener vínculos y relaciones estables y más comprometidas en el ejercicio de su parentalidad.

En el caso contrario, si las necesidades no son satisfechas y la familia no asume su rol, se genera un apego inseguro, percibiendo el niño al mundo como cruel, predominando relaciones de desconfianza con la gente y de inestabilidad. En este caso, en la adultez, el niño no será capaz de desarrollar vínculos estables y duraderos, estará menos comprometido en rol de padres.

Para propiciar el desarrollo de una personalidad sana y funcional, la familia debe asegurar el ejercicio de sus roles y funciones socializadoras y educadoras, manteniendo relaciones armónicas y estables, asegurando la protección, cuidado y afecto que se necesita para el estímulo de rasgos positivos en la personalidad de los niños, que le permitan desarrollar una buena autoestima, la seguridad en sí mismo, su perseverancia y capacidad de resiliencia.